Brioche parisienne (brioche à tête) en molde de 18 cm
La brioche parisienne se reconoce por su cuerpo acanalado y por el pequeño copete superior, conocido como la cabeza. La forma es decorativa, pero también pone a prueba la estructura de la masa: debe ser capaz de sostener una proporción elevada de mantequilla sin perder definición. Una pieza bien hecha presenta una corteza fina y de color dorado intenso, con una miga tierna y fibrosa, no una textura de bizcocho. El molde de 18 cm fija la escala de esta versión doméstica, de modo que cantidad de masa, altura de fermentación y tiempo de horno funcionen como un conjunto coherente.
La masa se prepara con harina de trigo de fuerza, una cantidad de huevo equivalente al 60 % del peso de la harina y algo más del 50 % de mantequilla. Con este nivel de enriquecimiento, el orden de amasado es esencial. Primero se desarrolla el gluten y solo después se termina de incorporar la mantequilla; además, la masa debe acabar cerca de 24 °C para que la grasa permanezca flexible sin fundirse ni formar una película aceitosa. Una primera fermentación breve a temperatura ambiente activa la levadura, mientras que el reposo prolongado a 4 °C reafirma la mantequilla y da a la masa la consistencia necesaria para un formado preciso.
La cabeza se mantiene centrada por la forma de unirla al cuerpo, no por casualidad. Aproximadamente una quinta parte de la masa fría se modela en forma de pera con un cuello estrecho. La porción grande se bolea con tensión, se abre profundamente en el centro y ese cuello se introduce en la abertura para anclar el copete dentro del cuerpo. Una fermentación moderada a 25 °C permite que la pieza crezca sin ablandar demasiado la mantequilla. La brioche entra en el horno cuando la cabeza sigue claramente diferenciada y el cuerpo ha subido casi hasta el borde del molde.


