Hoy en día, Mauricio presenta un panorama de contrastes. Por un lado, se promociona internacionalmente como un destino tropical: una isla de playas vírgenes, arrecifes de coral y gente amable. De hecho, el turismo es una importante fuente de divisas, y los folletos de viajes de lujo destacan las tranquilas lagunas de Belle Mare, las puestas de sol sobre las palmeras azucareras y los lujosos resorts de la costa oeste. Por otro lado, una observación atenta revela que la isla también es una obra en desarrollo: una sociedad multicultural que aún teje sus múltiples hilos, y una economía que equilibra las industrias tradicionales con nuevos sectores. Los puertos prosperan (el puerto de contenedores de Port Louis es uno de los más activos de la región), mientras que los centros de datos operan con discreción; los centros comerciales exhiben marcas europeas, pero los vendedores de al lado ofrecen artesanía local de palma de sagú.
Los propios mauricianos son pragmáticos respecto a sus éxitos y reveses. La narrativa general en el país es orgullosa pero sobria: orgullosa de la democracia, la armonía racial y un alto desarrollo humano (el IDH es de 0,806, muy alto para la región), pero preocupada por la fragilidad ambiental y la vulnerabilidad económica. Las escuelas enseñan a los estudiantes tanto la historia británica como la diversa historia de la isla; los medios de comunicación discuten las últimas novedades sobre startups tecnológicas con la misma facilidad con que debaten sobre la preservación de un bosque ancestral. Tanto los veteranos agricultores de caña como los jóvenes profesionales de las tecnologías de la información pueden enorgullecerse de la estabilidad de la nación, rara vez interrumpida por guerras o conflictos internos graves, una rareza en el continente.
Para el visitante, todo esto significa que Mauricio es más que una isla bonita. Es un lugar donde un paseo en barco por la mañana puede ir seguido de una visita a un templo por la tarde, donde se puede escuchar una banda de Sega al atardecer y las oraciones de medianoche en una mezquita. Las calles tienen nombres desconocidos en hindi y chino, junto con letreros en francés e inglés. La comida es picante, pero puede provenir de hornos de estilo portugués o briquetas criollas. Estas yuxtaposiciones pueden resultar sorprendentes para quienes la visitan por primera vez. Al mismo tiempo, la isla no tiene nada de místico ni exótico en un sentido estereotipado: la vida transcurre de maneras comprensibles para cualquier visitante observador: familias reuniéndose los domingos, escolares uniformados, mangos madurando en los huertos.
En resumen, Mauricio es hoy una democracia multilingüe de ingresos medios que conserva las múltiples huellas de su historia. Su éxito en desarrollo económico e integración social es frecuentemente destacado por los analistas, pero la realidad práctica aún requiere matices. Tanto para el viajero experimentado como para quien la visita por primera vez, Mauricio ofrece tanto las atracciones clásicas de mar y arena como encuentros más sutiles con una sociedad en una encrucijada cultural. Con un arrecife de coral y un cañaveral por un lado, y un centro comercial de acero y vidrio por el otro, la isla encarna un diálogo continuo entre tradición y modernidad, un diálogo que la observación periodística experimentada busca comprender en lugar de simplemente elogiar o condenar.
En definitiva, el atractivo de la isla reside en este equilibrio: las plantaciones azucareras y los santuarios sagrados, las tórtolas cebra y las especias asiáticas, el anciano narrador criollo en el mercado y el elegante ingeniero de software en el café. Cada elemento es mesurado, cada frase de la vida cotidiana es clara y lógica. Esto es Mauricio como un lugar de gente real, un patrimonio complejo y un futuro que se escribe con esmero: encantador, sí, pero en el sentido de cautivar la mente y deleitar la vista.